Cada vez que me doy la mano con mi primo Sebastián, con apenas siete años, retrato mi época de entonces y veo maravillado como se emociona ante mi atención total, la fuerza de nuestra charla y los juegos que le enseño, ligados todos a la mejor época de los adultos, no cuando lo son, sino cuando fueron niños, en la seguridad de que la gran mayoría dejamos de serlo, obligados por la contumacia de nuestros mayores. Con una simple bola de papel, nos divertimos y cuando tiene que irse, quisiera quedarse, porque el paraíso de hacer lo que a uno le gusta, no siempre es transportable.
Quedaron grabadas en mi alma y para siempre, las palabras del doctor Pedro Daza Mendoza, en la ceremonia de graduación de mi hija María Martha y sus compañeas y compañeros, al recibir su grado en el nivel de Transición. Afirmó que el oficio de los niños es jugar, que mientras que los adultos nos empeñamos en obligarlos a consumir la sopa, muchas veces y siempre, resulta más provechoso que ingieran lo que quieren, cuando se trata de un helado.
Hermosa la época de entonces. Desde bien temprano, cuando no era tiempo de estudio, jugábamos y jugábamos. En el patio de la recordada Manuela Brito, el futbol, bate, boliche, trompo, vuelta a Colombia colmaban gran parte de nuestro tiempo diurno, con una ida al medio día por la Ceiba o Hurtado, en procura del refrescante baño en el Guatapurí. La prima noche era de nosotros.En la esquina de Suarez, nos reuníamos a jugar Libertad, La Leva, al escondido y en ocasiones a conversar sobre lo que no nos constaba, siempre en presencia de nuestra imaginación desbordante.
En este tiempo aprecio las oportunidades de encuentro con Jorge Villar y caigo en cuenta que en él, perdimos un diplomático de alto nivel, un relacionista sin límites o un dirigente genial y en Pipe Sánchez un músico de amplio espectro.. Pero el asunto es que poca atención se le prestaba entonces, lo mismo ocurre hoy día, a las demostraciones que cada muchacho o muchacha hacía, como señal inequívoca de sus inclinaciones en la vida. Al respecto señala Gabriel García Márquez "en Colombia no existen sistemas establecidos de captación precoz de aptitudes y vocaciones tempranas, como punto de partida para una carrera artística desde la cuna hasta la tumba. Los padres no están preparados para la grave responsabilidad de identificarlas a tiempo, y en cambio sí lo están para contrariarlas. Los menos drásticos les proponen a los hijos estudiar una carrera segura, y conservar el arte para entretenerse en las horas libres. Por fortuna para la humanidad, los niños les hacen poco caso a los padres en materia grave, y menos en lo que tiene que ver con el futuro."
Agrada saber que proliferan las escuelas para aprender a tocar instrumentos, que la Escuela de Talento Rafael Escalona existe, que la Universidad Popular del Cesar tiene programas de arte y folclor, que algunas universidades en nuestro medio posibilitan los semilleros de investigación y, lo más importante, que surgen nuevas oportunidades para que cada quien se enfoque en lo que más le gusta ser, hacer y tener. No obstante, los muchachos y muchachas, añoran un black berry, más que volar una cometa, prefieren un encierro en el cuarto con el play que un piquecito con amigos de la cuadra. Los gobiernos, los padres y el sistema educativo, tienen la obligación de promover el sano esparcimiento, el debido aprovechamiento del tiempo libre y el enfoque en lo que a cada quien le gusta ser, hace y tener. Más que repartir condones y publicitar el consumo de licor, que tanto daño social ocasionan.
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