Valledupar, alberga gran cantidad de privilegios y a lo largo de su historia, se registran hechos y datos que dan cuenta de una hermosa tradición culinaria y de productos de consumo personal, desde el criollismo puro. Es cierto que en diferentes épocas, se ha mantenido la costumbre de hacer para disfrutar. Hacer ¿qué? Hacer ricuras gratas al paladar, exquisiteces que marcan una tendencia en la región y ponen de presente, la maestría de quienes las elaboran.
Cada domingo, era dable encontrar a la inolvidable Pepa Baquero en el entonces pozo de Hurtado y allí se ofrecía el mejor chicharrón, las arepas de queso y las papas cocidas revolcadas en sal, el auténtico arroz calentado con trazas de carna molida y la infaltable sopa de mondongo, entre otros platos que las manos benditas de esa alma noble preparaban. Tal maravilla, se perdió con el tiempo y hoy día proliferan los restaurantes formales, pero nunca se llega a la calidad criolla de entonces.
Hace poco, mi hermano Álvaro, me invitó a que lo invitara a una buena avena fria. Para sustentar el antojo, rememoró los tiempo de la que hacía el hombre del sombrerón, en la esquina principal del mercado viejo, diagonal a Eternit, el célebre almacen de don Orlando López. Era espesa, deliciosa y llegaba al pote, desde el cucharón, en cascada libre. Cuántas mañanas de plenitud, gracias a esa delicia hecha realidad. Mencionó luego, la de Franco en el Loperena y la exaltó como la más nutritiva y refrescante, por el picadillo de hielo que, en exclusiva, él sabía hacer. Para no dejar títere con cabeza, describió la del Matracazo y elogió también, la maizada fenomenal que por años mereció la atención de muchos.
Después de semejante preámbulo, salimos a cazar una buena avena en Valledupar y no la encontramos. La que más se acercó a lo aceptable, fue la de Bocaditos, pero dista mucho de lo arriba descrito. Entonces vino la andanada de cuestionamiento. ¿Qué nos ha pasado?, ¿por qué hemos dejado de lado las cosas buenas? Desce cuándo y por qué perdimos el gusto por lo que tanto nos gusta?
Se ha marchado el sabor criollo de una buena caribañola, de un agradable pastelito de carne y de una graciosa frekola, como la que preparaba Rodry y distribuia todas las noches frente al recordado teatro San Jorge. Todo para dar paso al facilismo y quedarnos con el guarapo de caña que, vemos en casi todas la esquidas, como el homenaje más rimbombante al tumbe disimulado, habida cuenta que en el abunda el hielo y para que no se sienta simple, se le irriga con azúcar, lo que desdice de su naturaleza.
Ante el riesgo de quedar mal, lo llevé a una breve andanza por nuestras tiendas y por fin, encontramos un par de chichas rosadas que salvaron la patria. A falta de lengua ni tostada, le endoné un pan de espinacas, ante lo cual me dijo que se sentía en Bogotá.
Es hora de retomar las banderas y no permitir que lo mejor desaparezca, por que después podría irse la magia que, por siglos y siglos, habita en Valledupar.
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