COSAS DEL VALLE
ALBERTO MUÑOZ PEÑALOZA
LAS ¡COSAS DE ESCALONA!
Desde aquella vez, mi vida cambió, viví de manera distinta y me sentí conectado a la energía que emanaba siempre de ese ser tan especial. Esa tarde, una tarde de abril espléndida y soñada, después de siete sermones y media docena de coscorrones, se impuso el mando de mi mamá y fui a comprar las doce onzas de queso picao´, del de Benito Pantoja, a El Todo, la tienda de siempre en la carrera novena y allí lo encontré, a las seis en punto: pantalón caqui, camisa vaquera a cuadros, botas texanas, un par de pistolas al cinto y su sombrero en la mano. Me impactó su figura y se me ocurrió que era un actor de cine que visitaba la población. Por la demora en atenderme, me ubiqué lo mejor que pude para verlo de cerca y apreciar la majestuosidad insinuante de su figura, medio sonrió y sin misterios –como era él- me preguntó: -Hijo, de quien eres hijo tú-. Seguro, como estaba, de encontrarme ante uno distinto a los de mi tierra, cuyo susurro aparentaba voz, le contesté sin ambages –de Julio Muñoz-. Ombe muchachito, si ese es mi amigo, me lo saludas, dile que te encontraste con Rafael Escalona… Recogí mi pedido y cuando salí ya no estaba. Regresé a la casa emocionado y traté de contarle a la vieja Tulia, pero primó la incompletud del queso, en gracia de haberlo ruñido, me fui entonces a casa de un amigo quien tampoco puso cuidado, hasta cuando pude hablar con mi hermano Rodrigo, le conté que acababa de conocer a un extranjero, pero cuando se lo describí me dijo, ese es Rafael Escalona.
Cualquier día, al regresar del Ateneo, nos atrajo el fundingue armado en “La Bolsa ” y sin pensarlo dos veces, apreciamos la parranda en su mejor momento, allí lo vi de nuevo, con sus buenas maneras y su tierno comportamiento. Con los ojos puestos en su movimiento, me atreví a saludarlo y para demostrarme que se acordaba del primer encuentro, me preguntó por el viejo Julio y me ofreció una Kolkana enhielada que degusté sintiéndome rey.
Con el paso de los años lo veía, charlábamos un rato y lo seguía en su retirada, absorto ante su elegancia y esa manera exclusiva encasillarla en su andar pausado, tal cual como conversaba. Me agradó siempre hablar de él, conocer los meandros de su quehacer como creador y recuerdo con alborozo las ocasiones en las que pudimos alternar y sabrosear la finura de su parla.
Para cuando ya era un hombrecito, me encontré una tarde con la buena hora preguntarle cosas y lo único que se me ocurrió fue indagar por el predominio de sus pensamientos. Adelantándose a lo que aprendería después de los autores de libros de crecimiento personal, me recomendó, cada vez que quiera algo, atrévase a soñarlo, acarícielo en el silencio y si vale la pena, no descanse hasta conseguirlo, sin perderlo de vista.
Pasaron años, hasta cuando me lo regaló Dios, en El Merendero de Barranquilla, en la víspera de unos carnavales y me dio la buena noticia de su residencia en la Arenosa. Pero mejor fue encontrarlo, días después, en la Aduana , en su nueva condición de Auditor. Por mi parte, estudiaba y trabajaba en el Idema, en el área de Comercio Exterior, en gracia de lo cual nos encontrábamos varias veces a la semana en su oficina y arañaba un tanto, su gusto por la vida.
Él, se hermanó en Bogotá, con mi hermano Álvaro y a través del hondo afecto que profundizaron, pude conocerlo mejor y anhelar nuevos encuentros que, duele reconocerlo, se escondieron en el recuerdo y la admiración. Pero, como no hay ausencia sin dicha, me acerqué mucho a los suyos y, en la voz de su hijasa Margarita, La Maye –su amor eterno-, la hermosa Taryn, Rosa María, Perla, Ada Luz, Rafa, el Pirry, el Bala, el gran Santander “El Pibe” Durán y los demás, que son tan queridos y especiales.
Hasta que llegó el día, en que mi madrina Consuelo, momento a momento, fue introduciéndome en el arte de interpretar los movimientos de Escalona, su gloria andante ensimismada en cada verso que esculpía, pero igual en cada frase que pronunciaba, en sus gestos, su vestir elegante y fino y en la indeclinable gestión –silenciosa pero contundente- de ser amigo de sus amigos, en las buenas y en las malas. Conocí entonces, de su afán por llevarle y traerle algo a cada quien, cada vez que viajaba, pero como era tan difícil complacerlos a todos, compraba doce artículos, desde chucherías hasta regalos costosísimos y a los primeros doce que encontraba al arribar, les entregaba, uno a uno, sin reparar el género de quien recibía. Esa condición, la compaginaba con su hermoso atributo de conocer bien a la gente, saber de dónde provenía cada cual y encontrar y usar las mejores maneras para agradar cada encuentro. He ahí, parte sustancial de la sazón musical de sus cantos, de la finura extendida en sus relatos musicados y de las múltiples formas, tiernas y sencillas, de expresar lo que todos sabían, desde un ángulo perfecto y creíble:
Estuve buscando por el Orinoco
El caimán encantado que vuelve a uno loco
Te traje pirañas de bellos colores
En el amazonas la gente se come…
Rafael Escalona, fue un patillarero insigne, un vallenato distinguido en todo, un ser universal que cabía en cualquier escenario, lugar o palacio. Si, él le dio lustre a la música vallenata, representó, de manera digna, nuestra esencia cultural, fue un personaje mítico, pero muy parecido a todos, con sus virtudes y defectos, sus creaciones sostienen sus pasos –a la manera de patines eternos- y se pasean por el mundo, siempre en mensaje de alegría, paz y amor por la vida.
Hace pocos días mi amiguita Mafe Marrugo, con apenas dos años de vida, se extasió con uno de sus cantos y le entendí en la mirada, el interés por saber a qué se debe tanta algarabía por el festival de este año, en su homenaje, me atreví a contarle que Rafael Escalona, es un logro intangible de los vallenatos, de los colombianos, de los terrícolas en general. Le expliqué como desde su época de muchacho, se atrevió a hacer cosas, a creer en sí mismo y en lo que hacía y producía. Se hizo querer de los amigos y centró en el respeto irreverente, su epicentro actuacional. Ese hombre fue capaz de vivir en amistad, desde la amistad y para la amistad. Como concepto elevado de comportamiento social, fue el líder de un grupo de amigos en el que la parranda fue el vehículo para transportar y comunicar sus sentimientos, pero igual, en el que cada uno de sus integrantes se destacó por su talento, creatividad e innovación, cuando no se vislumbraba el auge que tendrían luego, tales manifestaciones de la inteligencia y el quehacer humanos. Si bien es cierto que García Márquez, tuvo su grupo de La Cueva, como núcleo creativo y de ejercicio de la cofradía, también lo es que nuestro Escalona, gestó y apuntaló el suyo. Allá, Germán Vargas, Alfonso y José Félix Fuenmayor, Álvaro Cepeda Samudio, Ramón Vinyes y Alejandro Obregón, entre otros y acá Jaime Molina, Poncho Cotes, Andrés Becerra, por ejemplo. Era necesario hacerle ver que Escalona, trabó amistad desde muy joven, con personas mayores que él e hilvanó relaciones disímiles entre sí, pero unidos por el brote afectivo y los frutos de la querencia continua. Ser buen amigo, es una faceta permanente en la vida del maestro. Tanto, que los mayores elogios a él, no emergen nada más por su condición de compositor, que va, muchos y muchas, le reconocen un ejercicio meritorio como cultor de la amistad. Por cierto, pocas horas después de volver a la libertad, el ex Gobernador Hernando Molina Araujo, contó como su partida final, lo conmovió tanto, que se encerró en sí mismo a recordar, evocar y llorar la muerte de Rafa, a quien no vaciló en calificar como el mejor amigo de su papá Hernando y destacó las ejecutorias mutuas en ese sentido.
Escalona fue un embajador de la región en Bogotá y en otros escenarios que requerían su intervención, desde los intereses ligados al beneficio común. Nunca hacía alarde de eso ni mucho menos evitaba venir a la tierra vallenata, haciéndoles compañía a presidentes, ministros y demás personajes, en el entendido de la utilidad que ello le deparaba a la región. Su amistad con el presidente López y su inquebrantable decisión de no participar en política, le valió el reconocimiento general y produjo cosas buenas para el Cesar. Fue artífice principal en la gesta de creación del Departamento, ayudó a gestar, parir y criar el festival vallenato y fue ejemplo constante de empeño personal positivo, creativo y efectivo. Fue estudiante distinguido, en todo, menos por ser el mejor, pero si el inolvidable, el enamorador, el colega afectuoso y el de alma rebelde:
Con esta noticia le fueron a mi mamá
Que yo de lo flaco me parecía a un fideo
Es el hambre del Liceo
Que no me deja engordá
Describió, con maestría superior, las vivencias del viejo valle, refiriéndose a cada una en forma diligente, jocosa y conmovedora. Lloré emocionado cuando conocí a la vieja Juana Arias, porque me pareció que la vida se quedó corta ante la descripción del maestro en aquella canción novelada, anidada en el corazón nacional:
Una señora patillalera muy elegante vestía de negro
Formó en el valle una gritería
Porque la nieta que más quería la pechichona la consentía
Un dueño e’ carro cargó con ella…
Había pasado ya, el suceso del jerre jerre:
Yo saqué el revólver con ideas de defenderme
Porque no era propio de un hombre portarse así
Pues con mucha rabia vi a ese jerre jerre
Que me brincaba alante burlándose de mí
Mostró siempre una predilección por esculpir frases verseadas, que con profundidad encasillaran en la expresión de lo que cada uno quería decir, ante el dolor, por el amor fallido, en gracia de la amistad, para describir la rabia y, cuando menos, para manifestar alegría:
Que te habla, de aquel inmenso amor
Que llevo, dentro del corazón
Que dice, todo lo que yo siento
Que es pura, pasión y sentimiento
Cantado, con el lenguaje grato
Que tiene, la tierra e’ Pedro Castro…
Es el mismo vientre poético, musical y narrativo, que le indica al mundo que:
Yo que conozco el cielo universal
Adonde están los astro’ y las estrellas
Adonde están los astro’ y las estrellas
Pero ninguno como allá en mi tierra
Donde brilla la estrella e’ Patillal…
Nos enseñó como se le debe cantar a una madre común, cómplice en veces, y autoridad las más, con los versos inmaculados a La vieja Sara:
Tengo que hacerle a la vieja Sara
Una visita que le ofrecí
Pa’ que no diga de mí
Que yo la tengo olvidada
También le llevo su regalito
Un corte blanco con su collar
Pa’ que haga un traje bonito
Y flequeteé por El Plan…
Elaboró un pequeño tratado sobre las penas del corazón y los rastros desastrosos del desamor:
Si el corazón se viera si el corazón se viera
Ella pudiera ver como lo tengo yo
Me pediría llorando que le diera
Por toda su maldad el perdón de Dios
Porque un amor que sangra no se olvida
Porque dejó en el alma una honda herida
Yo no puedo olvidar a esa mujer
Que me hizo tanto tiempo padecer
Yo no puedo olvidar aquel amor
Que me dejó sangrando el corazón…
Es el mismo corazón que un día cantó:
Que yo tengo una herida muy honda que me duele
Que yo tengo una herida muy honda que me mata
Y un hombre así mejor se muere
Ay para ver si así descansa
Solamente me queda el recuerdo de tu voz
Como el ave que canta en la selva y no se ve
Con ese recuerdo vivo yo
Y con ese recuerdo moriré…
Rafael Escalona, fue tan buen compositor, como buen amigo:
La cosa comenzó muy niño
Jaime Molina me enseñó a beber
A donde quiera estaba él estaba conmigo
Y donde quiera estaba yo estaba con él
Ahora me duele que él se haya ido
Yo quedé sin Jaime y él sin Rafael…
Ahora, el trovador mayor reside en el cielo pero sus cantos en cada corazón y me corresponde explicarle a mi hija María Marta, quién fue y las razones de la tremolina nacional que se armó con su partida. Para hacerlo mejor, me valgo de lo que siempre ha dicho mi hermano Álvaro: el juglar insigne, el maestro de maestros, más que compositor y lo que se quiera, fue un genio, el único que tuvimos por estos lares y su legado, es la herencia colectiva que nos pertenece como sabia eterna que, al estilo de la verdolaga, se extenderá –por años, siglos y milenios- como premio inmaterial a los hombres y mujeres, a los niños y niñas, a todos los que, por gracia de Dios, tenemos el privilegio, y a quienes lo tengan en el futuro, de saber quien fue, de escuchar sus cantos y de compartir la obra insigne del que se inmortalizó como el hombre más grande de la vallenatía. Sin violencia, con gestos, palabras y actos de amistad, elegante más allá del cansancio, triunfador siempre, activo como efectivo en su ejercicio relacional y esplendoroso en todos sus versos. Para la muestra un botón:
“…En la curva del Salguero
Yo encontré un camión voltiao’
El chofer iba corriendo
Porque estaba enamorao’
2 comentarios:
Este artículo fue publicado, por la revista de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata para la edición 43 de nuestro evento, en 2010.
Hermano, su buena pluma me emociona; Dios le bendiga el entendimiento, se lo preserve e ilumine para que siga dandonos esas cosas bellas
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